Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Mención honorífica 2026
Sparsh Sharma es estudiante de doctorado en el IISER Kolkata, con una profunda fascinación por la mitología, el tiempo y los misterios del interior de la Tierra. Cuando no está descifrando secretos planetarios, se sumerge en relatos épicos como el Mahabharata, La rueda del tiempo e Interstellar. Ferviente admirador del señor Krishna, a Sparsh le apasiona entretejer la mitología con la ciencia. Disfruta de las largas caminatas, de la observación de estrellas y de imaginar líneas de tiempo alternativas.
«Perfección» reinterpreta el Mahabharata desde la mirada de Shikhandi, un personaje signado desde su nacimiento por interrogantes sobre el género, el destino y la justicia. El Mahabharata, una de las grandes epopeyas de la mitología hinduista, gira en torno a la guerra entre los Pandavas y los Kauravas (dos ramas rivales de la dinastía Kuru), bajo la guía de figuras divinas como el señor Krishna. Entre sus múltiples personajes se encuentran los hermanos nacidos del fuego: Draupadi, Dhrishtadyumna y Shikhandi, cada uno de los cuales porta un propósito grabado a fuego por el destino. Mientras Draupadi se convirtió en la reina ferviente y Dhrishtadyumna en el comandante predestinado, Shikhandi permaneció en la encrucijada del género y la profecía. Como persona queer, veo en Shikhandi un espejo, un recordatorio de que la identidad siempre ha existido más allá de los esquemas binarios, incluso en las culturas y relatos más antiguos. Esta historia es tanto un tributo al mito ancestral como un acto personal de reivindicación. Al darle voz a Shikhandi, espero honrar a quienes viven en la invisibilidad y poner de relieve hasta qué punto estas narrativas siguen siendo fundamentales en nuestro mundo actual.
La guerra del Mahabharata había llegado a su fin. Los caídos fueron sepultados con honor. Ashwatthama fue desterrado con una maldición por la atrocidad de haber atentado contra un niño no nacido. El dolor de Gandhari se tornó en una maldición sobre Krishna. Y Yudhisthira, el mayor de los Pandavas fue coronado rey del Bharatvarsha.
Pero, aunque la guerra había concluido, la paz no continuó. Ahora se libraba una batalla distinta: no de armas, sino de política.
La dinastía Kuru había consolidado su poder, pero la vastedad del Bharatvarsha exigía un mandato político descentralizado. El reino debía dividirse en Estados más pequeños, encomendados a gobernantes rectos y capaces, en su mayoría jóvenes herederos y mujeres.
Se nombraron gobernadores por todo el territorio. Salvo en un lugar: Panchala, la patria de Draupadi.
Los aspirantes al gobierno de Panchala eran Manada, hijo de Dhrishtadyumna, y Shikhandi.
Ambos se hallaban en el gran salón de Indraprastha, flanqueados por los emisarios de Panchala. Yudhisthira planteó la pregunta:
—¿A quién queréis por gobernador?
La respuesta de ellos fue firme.
—A Shikhandi no.
Manada permanecía erguido y sereno, la viva imagen de un futuro gobernante. Shikhandi, en cambio, aguardaba como un guerrere: ojos cerrados, inmóvil, ecuánime. Shikhandi recordaba la noche anterior.
Darlo por muerto junto a su hermano no impidió que más tarde hallaran a Shikhandi apenas con vida, gravemente heride. Su esposa y su hijo, sin embargo, no corrieron con la misma suerte: fueron encontrados decapitados a manos de elementos renegados, a quienes Nákula castigó de inmediato.
Manada era sabio, bondadoso y justo: el germen de un verdadero soberano. Shikhandi lo apreciaba como a un hijo. Y, sin embargo, algo en su interior se agitaba. No anhelaba el reino, no realmente, pero un deseo más profundo le reconcomía por dentro. Algo sin nombre.
Por primera vez en su vida, no tenía ninguna batalla que librar. Y en esa quietud, Shikhandi miró hacia su interior.
¿Quién era, ahora que su propósito había llegado a su fin?
Buscó a la única persona que tal vez podría comprender: Draupadi.
La reina le recibió con calidez, con el empaque de una monarca y el amor de una hermana.
—Siempre has sido una reina, Panchali —susurró Shikhandi, profundamente conmovide por su fortaleza, a pesar de las heridas aún abiertas de la guerra.
Tras desahogar su corazón, finalmente preguntó:
—¿Debería hacerme a un lado? El trono siempre estuvo destinado al hijo de Dhrishtadyumna.
Draupadi asentó con la cabeza, suavemente.
—Sí, hermana. Creo que es el momento. Así como el rey prepara a nuestro nieto, Parikshit, para el imperio, Panchala debe preparar a Manada. Está listo. Y es capaz.
Pero algo dentro de Shikhandi se resistía. Una voz en su interior cobró fuerza, no estridente, pero sí inconfundiblemente desafiante.
¿Acaso era egoísmo? La sola idea le producía rechazo.
¿O se trataba de algo más?
Al salir Shikhandi de los aposentos de la reina, divisó a una pareja familiar que se aproximaba: el claro Arjuna y el oscuro Krishna, compañeros eternos en la batalla y más allá. La guerra no había apagado su tez ni sus encantos; apenas les había dejado unas cuantas cicatrices, aquí y allá. Arjuna reía, animado; Krishna lucía su habitual media sonrisa, exasperantemente serena e inquietantemente sabia.
La sonrisa de Krishna, pensó Shikhandi, era a la vez embriagadora e insoportable. Podías enamorarte de ella o detestarla por cómo traspasaba tu alma y no decía nada, limitándose en cambio a sonreír.
Para evitar la conversación, Shikhandi fijó la mirada en el intrincado labrado de piedra del suelo de Indraprastha. Solo entonces se dio cuenta de lo exquisito que era.
Su ensoñación se interrumpió con la voz de Arjuna:
—¡Ah, hola, hermano! ¿Qué te trae por aquí?
Sorprendide con la guardia baja, Shikhandi balbuceó:
—Yo... Yo solo extrañaba a Panchali. Pensé en venir a visitarla. ¿Cómo estás?
Arjuna respondió con una sonrisa fatigada:
—Solo intentando gobernar un reino donde la mitad de los soberanos están muertos. ¡Y nosotros que pensábamos que la guerra era lo difícil!
Él se rio. Shikhandi intentó acompañarlo en la risa.
Entonces Krishna habló, con voz burlona:
—Así que, ¿listo para reclamar la corona de Panchala?
Sus palabras le escocieron. ¿Cómo sabía lo que le atormentaba? Por supuesto, él siempre lo sabía.
—Sí... No. Quiero decir... ¡sí! —exclamó Shikhandi, nerviose.
Shikhandi se dio la vuelta y se marchó sin disculparse. Desde atrás, Krishna le llamó entre risas:
—¡Me gusta tu confianza, querido Shikhandi!
Al traspasar las puertas del castillo, su mundo se desdibujó.
De pronto, Shikhandi se hallaba de nuevo en Kurukshetra. Pero no en el campo de batalla de la gloria: esto era las secuelas, las llanuras empapadas de sangre.
Había cuerpos esparcidos por todo el campo. Hombres ataviados con ropajes de mujer, mujeres vestidas como guerreros. Algunos llevaban joyas con espadas a sus costados; otros yacían con sedas desgarradas y cascos rotos. Y a medida que su mirada se afinaba, Shikhandi vio que todos ellos eran... Shikhandi.
Rostro tras rostro. El suyo propio.
Los muertos procedían de tierras lejanas. De tiempos que no eran los suyos. Y, sin embargo, todos eran Shikhandi: la misma angustia, la misma disonancia.
Shikhandi cayó de rodillas, temblando.
—¡Govind! —clamó—. ¡Pon fin a esta ilusión tuya! No puedo soportarlo. Estoy rote. No soy nada. Perdide en este Kurukshetra entre el hombre y la mujer. ¡Ayúdame! ¡Encuéntrame!
Shikhandi se desplomó en la ciénaga carmesí de cuerpos, jadeando mientras estos le arrastraban hacia abajo. Pero justo antes de que el peso le superara, una sola mano oscura se abrió paso hasta elle.
Shikhandi la agarró.
Y en un instante, el campo de batalla cambió. La sangre había desaparecido. El cielo se había vuelto del dorado del atardecer; la tierra era también dorada, cálida y limpia. Kurukshetra estaba vacío, en paz.
En su centro se hallaba Krishna, resplandeciente bajo la luz dorada. En su icónica postura de tribhanga, la silueta resultaba radiante.
Por un momento, Shikhandi no sabría decir si era un hombre o una mujer.
Por un momento, no importaba.
Entonces Krishna dijo, casi con guasa:
—Oh, pero vaya si importa.
Se acercó hacia elle.
Shikhandi dijo:
—Se siente egoísta.
—¿El qué? —preguntó él.
—Querer la corona. Cuando ni siquiera la deseo. No de verdad.
Krishna inclinó la cabeza.
—¿Entonces por qué la quieres?
—No lo sé —admitió—. Estoy confuse. Sobre la corona. Sobre mí misme. ¿Soy un hombre? ¿Una mujer? ¿Acaso soy algo en absoluto?
Krishna no dijo nada. Tan solo sonrió.
Y Shikhandi se derrumbó.
—Viniste por Draupadi —sollozó con celos—. Siempre por ella. La rescataste a ella. Le respondiste a ella. ¿Pero dónde estabas cuando yo te necesitaba? Cuando luchaba, sin saber si era demasiada mujer para la guerra o demasiado hombre para el amor. ¿Dónde estabas cuando no era suficiente ni para mi hijo ni para mi padre? ¿Por qué nunca viniste por mí?
Los ojos de Krishna brillaron, pero su sonrisa no se desvaneció.
Shikhandi continuó, con la voz quebrada.
—Lo he intentado, Govind. He intentado sobreponerme —sollozó Shikhandi—. Intenté ser una mujer y no encajé. Intenté ser un hombre y no encajé. Este cuerpo nunca me perteneció. Fue de mi padre, para forjar a un guerrero; fue de Amba, para consumar su venganza; fue de mi esposa, que buscaba un marido; perteneció a un yaksha, cuyo don tomé prestado. Pero ¿a mí? ¿Cuándo me perteneció a mí?
Su voz recobró la firmeza.
—Quiero la corona. No para gobernar, sino para ser viste. Los reyes representan a los hombres. Las reinas representan a las mujeres. ¿Pero quién ha alzado jamás la voz por la gente como yo? Gente que es ambas cosas o ninguna. Gente borrada, oculta, proscrita, proscrita a la burla. Quiero ser su rostro.
Se detuvo.
—Una vez les dijiste a los Pandavas que el deseo es la raíz de todo sufrimiento. Este deseo de querer ser viste, ¿es también una falta?
Shikhandi suspiró, abrumade por el dolor. Su aliento temblaba. Con las lágrimas brotando, inclinó el rostro.
—Manada será un gran gobernante. El pueblo ya lo ama. Quizá debería dar un paso al costado. Quizá simplemente estoy… dividide. Me siento dividide. Siempre me he sentido dividide. Siempre remando en dos barcas a la vez. Solo quiero estar en una. Solo quiero sentirme entere. Pero ¿cómo puede alguien como yo, que está tan confundide, ser un líder?
Shikhandi había liberado sus pensamientos más profundos por primera vez. ¡Al fin! Cuando levantó la vista, ya no estaba en Kurukshetra.
Estaba en Gokul.
Krishna vestía sus ropas de pastor, no las sedas de Dwaraka. El sol aún se ponía. El cielo seguía siendo dorado.
Atendía a un ternero cuando preguntó con dulzura:
—Mira el cielo, Shikhandi. ¿Es de día o de noche?
Shikhandi se limpió las lágrimas.
—Ninguna de las dos cosas.
—Y yo digo que ambas cosas. Y los dos tendríamos razón —Krishna sonrió—. ¿Acaso ves límites precisos entre el día y la noche? ¿Entre la tierra y el mar? ¿Entre el cielo y el espacio? Y, sin embargo, es precisamente en esos umbrales donde reside la mayor belleza.
Shikhandi escuchó.
Krishna continuó:
—Llevo aros de nariz como las reinas. Llevo alta en las manos y en los tobillos como las Apsaras. Joyas como las mujeres de mi aldea. A mí también me han dedicado burlas. ¿Pero acaso esas cosas me hacen menos hombre? ¿O más hombre? Si soy Dios, no puedo darme el lujo de ser solo noche o solo día. Debo ser ambos. Si soy el tiempo, debo fluir. Debo ser fluido —se acercó—. Te preguntas dónde estaba yo. Pero yo estaba allí. Cuando bailabas como un hombre y luchabas como una mujer, yo estaba allí. Yo era tú —Krishna le posó suavemente una mano sobre el hombro—. No naciste para remar en dos barcas. Naciste para ser el mar que las lleva a ambas.
Shikhandi cerró los ojos.
—¿Crees que tengo razón? —susurró—. ¿Que no soy solo… una falla en el mundo de Dios? ¿Un error? ¿Una imperfección en tu plan?
Cuando Shikhandi volvió a abrir los ojos, estaba de regreso en Indraprastha. El salón estaba abarrotado.
Yudhishthira había planteado la pregunta:
—¿A quién queréis como gobernador?
Y el pueblo repitió:
—A Shikhandi no.
—Su Majestad, no podemos nombrar a Shikhandi. Ni siquiera sabemos si debemos llamar a Shikhandi hombre o mujer. ¿Cómo puede liderarnos alguien que es solo medio hombre? Shikhandi no fue más que un instrumento concebido únicamente para vengar a Amba. Fuera de eso, no es más que una imperfección en el plan de Dios; Krishna estaría de acuerdo.
Yudhishthira miró a Krishna, vacilante.
Pero Shikhandi dio un paso al frente. Por primera vez, no habló como un guerrero ni como una sombra, sino como quien realmente era.
—¿Medio hombre? —repitió—. ¿Eso es todo lo que soy? ¿Acaso era medio hombre cuando me mantuve firme ante Bhishma? ¿Cuando lideré los ejércitos de Panchala? ¿Cuando ayudé a conquistar esta paz para vosotros? ¡Pero ahora no soy más que una mitad! Demasiado incómodo para coronar. Me llamáis una imperfección en el plan de Dios. Pues bien, no soy ninguna imperfección. Estoy complete. Tan plene como la pluma de pavo real de Govind, resplandeciente con todos los matices del arcoíris cuando la besan los dorados rayos de Surya. Tan plene como el valor de Draupadi; tan plene como el coraje de Arjuna. No pido piedad, sino la oportunidad de servir. El arte de gobernar no reside en el cuerpo, sino en el alma y en la mente. Vedme, no como a un hombre o a una mujer, sino como a quien conoce ambas realidades. Vedme como un puente, no como una brecha.
Shikhandi hizo una pausa.
—No os pido que elijáis entre hombre y mujer. Os pido que reconozcáis lo que yace más allá de esa opción binaria: ¡una verdad que abarca a ambas partes, que lo abarca todo!
A medida que sus palabras se extinguían, el silencio se adueñó del salón.
Krishna se levantó y caminó hacia la salida. Yudhishthira aún debía decidir, pero la tarea de Krishna había terminado.
En el extremo opuesto del salón, Krishna se volvió y miró a Shikhandi.
Se mantenía erguide y, sin embargo, grácil. Su voz había sido suave, casi melódica. Femenina. Masculina. Y todo lo que habita en medio. La mirada de Krishna se demoró en la luminosa aureola que rodeaba a Shikhandi: un penacho etéreo con la forma de una majestuosa pluma de pavo real, iridiscente con todos los colores del arcoíris.
Krishna sonrió para sus adentros, como si respondiera a una pregunta que solo él había escuchado.
—Se preguntan —susurró— si eres una imperfección en mi plan —sus ojos centellearon—. ¡Oh, pero si yo soy un perfeccionista!
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