Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Segundo premio 2026
Theo James Taylor es un escritor de ficción y diseñador narrativo cuya obra aúna mitos, recuerdos y lo insólito. A menudo sus historias exploran los espacios olvidados entre la historia y el folklore y giran en torno a personajes con los pies en la tierra que se mueven por mundos extraños o transformadores. Cuando no está escribiendo crea campañas inmersivas de JDR y escribe series de ficción en línea. Vive en la costa oeste de Canadá.
La tejedora de caras se inspira en la cosmología yoruba, en particular en la reverencia a los orishas y los espíritus ancestrales, así como en la tradición de África Occidental de crear máscaras como un arte liminar sagrado.
La tejedora de caras
La fabricante de máscaras y el niño
Mucho antes de que el mar se quedara en silencio, le cantaba a Ayotunde.
Cantaba cuando remojaba la madera en agua de mar y ceniza de palmera, cuando raspaba la superficie y la dejaba lisa con una piedra, cuando susurraba el Oriki de cada ancestro mientras su cuchillo separaba el grano del aliento. Las máscaras que tallaba no eran decorativas. Nunca. Eran portadoras. Caras que podían ponerse los espíritus cuando dejarse ver entre los mortales.
Aquella noche, sus dedos temblaban. No por la edad, sino por lo que sabía.
En torno a ella, el pueblo se preparaba para el festival de las Bocas del Río. Las hogueras titilaban como estrellas perdidas entre las casas de arcilla. Los niños ensayaban los bailes, con sus pies patosos por el miedo. Nadie lo decía en voz alta, pero los esclavistas estaban cerca. Demasiado cerca. El humo de una aldea cercana había empezado a ascender hacía dos días y seguía flotando en el aire como una advertencia.
Ayotunde se sentó a la sombra de la cabaña con la máscara a medio acabar en el regazo. No era para ningún orisha que conociese. Esta tenía un centro liso rodeado de muchos ojos, cada uno de una madera diferente. Uno sonreía. Uno lloraba. Uno gritaba. El resto esperaban.
—No deberías tallar esa —dijo una voz a sus espaldas.
Ella no se dio la vuelta.
—Y aun así, lo hago.
El hablante era un niño, Kola. De nueve o diez años, con pies silenciosos y ojos de largas pestañas que veían más de lo que deberían. Desde el asalto, había estado viviendo con las sacerdotisas, comiendo lo mínimo y hablando menos aún. Pero Ayotunde lo había visto mirando. Mirando la manera en que acariciaba la madera con los dedos. Mirando cómo el cuchillo se detenía cuando el espíritu se movía dentro de la madera.
—Dicen que puedes oír las máscaras—, dijo.
—No necesito oídos. La madera me habla a través de las manos.
—Pues entonces, ¿qué está diciendo esa?
Ayotunde dejó el cuchillo a un lado.
—Dice que los dioses están cansados de que los conozcan.
Kola no respondió a esta última sentencia. Tan solo miró la máscara, su propio rostro reflejado en la superficie lisa del centro. Se quedó un rato antes de marcharse, sin decir nada más.
Aquella noche el festival fue un fantasma de lo que había sido. Sin mascarada, sin tambores. Tan solo oraciones y la luz de las hogueras y un temblor temeroso revestido de silencio. Aun así, Ayotunde puso sus máscaras fuera de su cabaña, como siempre. El viento bailó en torno a ellas, levantando las trenzas decoradas con conchas, agitándoles las plumas como si fueran alas.
No durmió.
Cuando empezaron los gritos, estaba totalmente despierta. Los esclavistas llegaron con antorchas, perros y cadenas que retintineaban como una risa cruel. Vio correr a las sacerdotisas. Vio la casa del anciano en llamas. Oyó el quejido de los tambores que no llevaban un ritmo, sino que advertían. Su cabaña era la última. Para entonces, había encontrado los ojos de Kola.
—Ya sabes lo que tienes que hacer—, le dijo. El muchacho asintió.
Le dio la máscara. No las bonitas. No los orishas honrados con mejillas pintadas y labios brillantes. La que no tenía cara. La tomó sin dudarlo y desapareció entre cortinas de cañas.
Ayotunde estaba sola cuando llegaron. No alzó ningún cuchillo. No lloró. Cuando quisieron saber adónde había ido el chico, alzó la barbilla y dijo:
—Ya se ha convertido en algo más de lo que podríais llevaros encadenado.
Entonces la golpearon. Y cuando no cayó al suelo, la golpearon otra vez. Las máscaras a su espalda se agitaron a la luz de las llamas. Una sonreía. Una lloraba. Una gritaba.
Kola huyó al bosque con la máscara aferrada contra su pecho como un latido. No se permitió mirar atrás. Los árboles lo acogieron, o al menos no lo rechazaron. Vagó durante tres días, sin comer, sin dormir. La máscara cada vez pesaba más, aunque no cambiaba de forma. A la mañana del cuarto día, se la puso en la cara.
Y el viento se detuvo. Se oyó una cigarra. Luego otra. Al final… una voz, no la suya, le susurró en el oído:
—Camina conmigo.
Así lo hizo. Caminó con la máscara hasta que sus pies ya no podían recordar cómo se sentía la tierra. Habló en lenguas que no había aprendido nunca. Lloró con voces que no había oído nunca. Se olvidó de su nombre.
Pero el bosque lo recordaba.
Los esclavistas lo buscaron, por supuesto. Mandaron perros y cazadores y le prendieron fuego a la maleza. Pero no encontraron nada. Tan solo historias.
Un buscador llegó balbuceando algo sobre un niño con los ojos de cien caras. Otro afirmó que había visto al niño de pie, quieto como un árbol, y que, con el cambio de la luz, se había desvanecido. Pronto, las ruinas del pueblo quedaron abandonadas a la podredumbre de silencios interminables. Pero la leyenda no se pudrió. En vez de eso, creció. En los pueblos de alrededor, las madres les decían a sus hijos que no mintieran, o el niño de las voces prestadas los oiría. Los comerciantes juraban oír risas en el bosque cuando se acercaban demasiado a los caminos viejos. El caballo de un rey se asustó al ver una máscara colgada de una rama… sin expresión, sonriente, observando.
A esta figura le pusieron un nombre… Òjì Ayé. La cara que vaga por el mundo. Algunos decían que llevaba la tristeza en una mano y la alegría en la otra. Otros, que solo aparecía antes del derramamiento de sangre. Hay quienes juraban que no tenía cuerpo, tan solo el recuerdo de uno. Pero la máscara permanecía. A la espera.
El coleccionista y el mito
Del diario de campo de Edmund Greaves, 1892
Real Sociedad de Etnología, Expedición de África Occidental
«Los lugareños lo llaman Òjì Ayé, que se traduce a grandes rasgos como La cara que vaga por el mundo. Hablan de ello en voz baja y susurros, incluso los conversos. Una figura de muchas voces, todas prestadas. Dicen que aparece antes de las guerras, las hambrunas o los incendios. Nadie está de acuerdo en su forma, pero la palabra “máscara” surge constantemente».
«He recuperado cuatro máscaras ceremoniales de las ruinas al norte del cabo Coast, de las cuales tres se corresponden con orishas conocidos. La cuarta es anómala, sin pintar, con un centro vacío rodeado de tallas rudimentarias de ojos abiertos. Curiosamente, está compuesta de varias maderas, ninguna de ellas nativas de una única región. No está claro cuántos años tiene, pero sin duda es antigua».
«Los lugareños se niegan a tocarla».
Greaves creía en dos cosas: la clasificación y el control.
No creía en fantasmas.
Se había pasado años persiguiendo historias entre la maleza y el calor, cartografiando el caos de la memoria tribal en tablas ordenadas y notas al pie de página. Sabía que los mitos distorsionaban el dolor. Que la gente convertía el miedo en fábula y leyenda. Pero esta le llamó la atención.
Las historias variaban de un pueblo a otro. En uno, Òjì Ayé era un protector. En otro, un ladrón de almas. Unos lo describían como una figura infantil, otros decían que era tan antiguo que transcendía el tiempo. Otros decían que adoptaba la forma de un espejo. Siempre la máscara. Siempre el bosque más allá.
Y siempre, siempre, una última advertencia. No te adentres en el bosque después del ocaso.
Por supuesto, eso fue precisamente lo que hizo.
Era su tercera semana cerca del antiguo camino comercial, en lo que quedaba de lo que antaño fue una ciudad costera. El bosque se encontraba detrás de un santuario derruido sepultado entre raíces de baniano. Sus guías se negaron a seguirle.
Greaves se llevó un cuaderno y un lápiz para dibujar. Llevaba la máscara envuelta en tela bajo el brazo. El sol estaba bajo, envuelto en destellos dorados y rojizos que se colaban entre las copas de los árboles en franjas ámbar. Los pájaros cantaban. Las hojas susurraban en el viento.
Entonces lo vio. Una figura. De forma humana. Quieta como la corteza. El rostro estaba inexpresivo, pero no vacío. Empezó a cambiar. Un titileo, luego otro. Y poco a poco empezó a surgir una cara. La cara de un niño. Luego la de una mujer llorando. Luego un hombre riendo. El ceño de un guerrero. Un grito ahogado. Un silencio tan profundo que era ensordecedor. Todo a la vez. En todas partes.
La figura avanzó. Él no se podía mover, pero no por miedo, sino porque las reconocía. Las caras eran suyas. Una tras otra. El dolor que no había dejado aflorar. La culpa que creía enterrada hacía mucho. La voz que surgió no era la suya. Y aun así la entendió mientras le sacudía hasta lo más profundo, con los pulmones temblando por la vibración.
—Has venido a nombrarme.
Greaves abrió la boca. No salió ningún sonido.
—No puedes —continuó. La figura levantó una mano. Greaves vio las marcas. Rasguños de herramientas para tallar. Callos que nunca se curaron. Manchas de savia en las puntas de los dedos. Y ojos… cientos de ellos, grabados en la piel y la corteza, algo entre ámbar y sangre que fluía de entre las rugosidades.
Calló de rodillas. Entonces, la máscara se levantó del suelo. Flotó un momento. Se giró una vez y desapareció entre los árboles.
La última entrada de su diario decía así:
«Me ve. Lo ve todo.
La cara cambia. La voz… ¿la mía?
No. No la mía. Ya no. Un coro de recuerdos, de cosas que enterré en el silencio. El niño del que me burlé en la plaza. La mujer que se desangró durante mi guardia. Las cosas que hice en nombre del conocimiento y la conquista. Están hablando ahora y tengo que escuchar.
Las sentí contra mi piel como el aliento a través de un papel mojado. Su dolor me desgarra. No es un monstruo. Es un espejo. Un espejo que recuerda lo que yo he preferido olvidar. La cara… me lleva a mí. No puedo retirar la mirada.
Incomprensible, intangible, y aun así… me completa. Me deshace. Entiende lo que soy y, aun así, habla.
Guía».
No había más páginas. Cuando sus guías encontraron el bosque varios días después, no había ni rastro de Greaves. Tan solo su cuaderno, abierto en un dibujo de una máscara sin cara.
Los bordes estaban húmedos. Difuminados por las lágrimas.
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