Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Tercer premio 2026
Sydney Miller es una dramaturga y escritora galardonada del norte de Virginia. Su carrera literaria se remonta a cuando tenía 7 u 8 años y su profesora, en un intento de que estuviera callada, dirigió su atención a los lápices y el papel. Y, como se suele decir, el resto es historia. Lleva escribiendo desde entonces y en el instituto se adentró en el mundo del teatro. Siente pasión por la historia y las ciencias y muchas de sus obras se inspiran en estos temas o tienen un papel importante. Hoy en día está estudiando para un MFA en Filadelfia, Pensilvania.
Calor en el bosque está inspirado por el fetch del folklore irlandés-británico.
Calor en el bosque
Si alguien preguntase, mis compatriotas dirían que estaban decepcionados con la victoria de la rebelión americana. Yo no.
Me alegro de haber dejado atrás este país fallido al otro lado del océano, donde pertenece.
Mi aversión no se debe a sus habitantes, sino a un encuentro que tuve a principios de 1778. Unos pocos, nerviosos por la posible actividad en Valley Forge, habíamos decidido hacer turnos de guardia en los bosques que rodeaban Filadelfia. El general Howe dijo que era una idiotez, pero tampoco nos detuvo. Así que pasé muchas noches en los bosques de Pensilvania.
Todas menos una han caído en el olvido.
Voy a poner por escrito aquella noche en cuestión lo mejor que recuerdo. Lleva una década atormentándome y lo he intentado todo para sacármela de la cabeza. Todo, menos ponerla por escrito, porque siento que no me creeré lo que lea; por no mencionar el riesgo a mi apariencia de cordura y decencia. Pero no puedo considerarme realmente inglés si no lo intento.
Había un monstruo en el bosque.
Era una noche de tinieblas, excepto por el fuego que ardía frente a mí. Me encontraba cómodo en el bosque. Había aprendido que prefería con mucho la soledad a las burlas de los otros chicos en el patio del colegio y a lo largo de mis estudios médicos, seguía prefiriéndola. Realicé mi deber para con mi rey y mi país, y no me mezclaba con los demás. A nadie le preocupaba ni preguntaba por mí, siempre y cuando acatase las órdenes.
No estaba dormido, pero al calor de la lumbre me había adormilado. La nieve había echado un manto de silencio sobre el bosque y parecía que no había nada capaz de romper el silencio más allá del crepitar del fuego y en una ocasión, tan solo un momento, una lechuza que se posó en una rama sobre mí y cuyo ululato seguí oyendo en mi cabeza después de que se hubiese ido volando.
El silencio me permitió oír el crujir de las ramas cuando se acercó el monstruo, y así tuve tiempo de poner una mano en la pistola.
He hecho lo que he podido, por mi propio beneficio, porque ruego que nadie lea esto nunca, por describir el encuentro exactamente como ocurrió.
—¡No pretendo hacerte ningún daño! —exclamó una voz.
Tenía el acento de la pronunciación pausada y tranquila de los rebeldes.
—¿Eres un rebelde? —respondí, examinando las sombras. Mis esfuerzos se vieron recompensados, ya que algo se despegó de un árbol y empezó a acercarse a mí de nuevo.
—Creo que prefiero el término «patriota» —respondió. Saqué la pistola, sin prestarle importancia a mi mano temblorosa. Fuera lo que fuese aquello, se paró en seco.
—Tan solo quiero entrar en calor antes de seguir camino; has hecho una hoguera muy buena. —Paró un segundo, esperando a mi respuesta. Mi pistola seguía apuntada—. Saldré a la luz con las manos por delante, ¿qué te parece? —Dio un paso, luego otro y al fin pude ver dos palmas vacías. Una vez hubo salido a la luz, se paró—. Mira, ¿ves? Un… un hombre corriente, nada más.
Si no hubiese estado tan preocupado por descubrir si iba armado, habría notado el titubeo. Pero por lo que podía ver, me estaba diciendo la verdad.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
Asentí con la cabeza y se dejó caer junto al fuego, con los brazos y las piernas a los lados, como una de aquellas viejas marionetas de mi hermana. Echó la cabeza hacia atrás, relajado. La chaqueta sobre sus hombros era de color azul rebelde, y tenía el borde rojo que estaba acostumbrado a ver en la colonia de Pensilvania. Tenía una mata de pelo castaño revuelto. Su cuello era tan pálido que me deslumbraba con la luz de la hoguera. No tardé en retirar la mirada.
—Eres bastante joven.
No tenía interés alguno en provocar un altercado y no había visto que hiciera nada inapropiado, así que no pensé que hubiera nada malo en charlar. Cuando le hablé, volvió a levantar la cabeza y me observó con una mirada encantada.
—Oh, no demasiado, creo yo. ¿Por qué? ¿Lo soy?
Me encogí de hombros. Había visto a muchos rebeldes cautivos argumentar que no eran demasiado jóvenes para morir por este ideal fantasma de país. Estaba cansado.
—No he dicho nada. Esta empresa insensata tiene suerte de contar contigo.
—¿Crees que es una insensatez? —Ladeó la cabeza levemente, y sus ojos me cautivaron. La luz se había reflejado en sus pupilas, como en los ojos de un gato antes de atacar. Nunca había visto los ojos de un ser humano brillar de esa manera—. Por supuesto —dije, agarrando con las manos el tronco en el que estaba sentado. No me notó el miedo—. ¿Tú qué opinas de todo esto?
Inclinó la cabeza hacia el otro hombro.
—No pienso mucho en ello. No me preocupa demasiado. —Me ofreció una amplia sonrisa, y di un grito ahogado al ver que tenía una segunda hilera de dientes detrás de la primera.
—A mí todo me saldrá bien.
—Eres un patriota —dije. Fue un desvío poco convincente, lo sabía. Él también lo sabía.
Se inclinó hacia delante. Un ligero movimiento de sus fosas nasales me indicó que estaba olfateando el aire.
—Eso parece, ¿verdad? —dijo tras una pausa.
No pude contenerme más.
—¿Qué eres?
Lo primero que desapareció fue su sonrisa; es lo que recuerdo más claramente. El cambio de aquella sonrisa de alegre y tentadora a oscura y siniestra. Casi seductora. Como los colores de una mariposa venenosa.
—Creo que eso depende de ti.
—¿Perdón?
—Hay muchos nombres para lo que soy yo… —Se perdió en sus pensamientos. Había oído historias de los nativos, de monstruos que imitaban a otras criaturas para cazar mejor—. ¿Tú cómo me llamarías? —acabó por preguntarme, adoptando una expresión tan sincera que me olvidé de respirar.
Intenté defenderme lo mejor que pude. Me consideraba un hombre culto sin tiempo para leyendas medio olvidadas. Pero todas las disculpas se me quedaron en la garganta. Tenía una historia en mente, una criatura de la que hablaba mi abuela con su acento susurrante. Una imagen reflejada que provocaba la muerte de quien la miraba.
—Un fetch —murmuré—. Diría que eres un fetch.
—Un fetch —dijo. Una mueca empezó a formarse en su cara—. ¡Qué nombre más tonto! ¡Un fetch! —Arrugó la nariz, como el gruñido de un lobo—. ¡Ten cuidado o te atraparé! —Después empezó a reírse a carcajadas.
—¿Es por eso por lo que has venido? —pregunté.
Dejó de reírse, pero mantuvo su sonrisa exagerada.
—Sí.
—¿Y no soy yo?
—No.
—¿Corro peligro?
Se detuvo a pensarlo un momento, y luego se encogió de hombros despreocupadamente.
—Si intentas correr o intentas detenerme. Entonces sí.
Asentí con la cabeza y me quedé en silencio. A pesar de asegurarme que estaba a salvo, no me atreví a seguir indagando sobre este monstruo. Su mera existencia era suficiente. Sin embargo, mi silencio no lo detuvo y se arrastró hasta donde estaba sentado yo en el tronco. Así de cerca esperaba notar su calor, pero no había nada. No mentía cuando decía que quería calentarse.
—¿Cómo lo has sabido? —no fue más que un susurro.
No tengo explicación para la sinceridad de mi respuesta. Lo único en lo que podía pensar eran sus palmas abiertas a la luz, su cuello desnudo y su sonrisa desmesurada. Se había acercado a mí con toda la honestidad de la que era capaz, así que lo menos que podía hacer era devolverle el favor.
—Soy cirujano —empecé—. He estudiado el cuerpo humano en detalle…
—¿Ah, sí? —exclamó de alegría—. ¡Maravilloso! ¡Podrías ayudarme! —Y se puso de pie, haciendo gestos sobre su parte frontal con entusiasmo—. ¿Qué tengo que hacer para que quede bien?
Esta era una criatura creada a partir de una mentira, la mentida de ser humano; y ahí estaba yo, ayudándola a que la mentira resultara más creíble.
—Los ojos.
Al fin y al cabo, eran lo primero que había notado.
—¿De verdad? —dijo frunciendo el ceño.
—Nuestros ojos no brillan a la luz. No somos gatos.
Asintió y los cerró. Las arrugas de su frente se hicieron más pronunciadas mientras se concentraba, y luego se relajó. No podía decir si había cambiado algo cuando volvió a abrir los ojos, pero estaba seguro de que así era.
—¿Algo más? —preguntó.
Mi respuesta fue instantánea.
—Los dientes.
Pareció algo sorprendido.
—¿Qué?
—Los dientes. Tienes demasiados. Tampoco somos tiburones.
Se mofó, pasándose la lengua por los dientes delanteros.
—No sois gran cosa, ¿no?
—Yo soy humano —respondí rápidamente, por algún tipo de orgullo defensivo sobre mi persona.
Soltó un zumbido y enseñó los dientes. No recuerdo lo que hizo, pero ahora había una única hilera perfecta de dientes blancos.
—Es una pena —dijo.
Noté la ira que me calentaba la cara y mascullé.
—Ah, ¿acaso es mejor ser un fetch? ¿Es mejor matarnos y apoderarte de nuestras vidas?
Estaba de pie frente a él, este monstruo con la cara de otra persona. Esta criatura cuya mera existencia había arrojado al fuego todo lo que sabía sobre el mundo. Reprimí mi propio interés, revulsión, curiosidad y horror y le escupí.
—No eres más que un cuco desplumado.
El fetch permaneció increíblemente, inhumanamente, quieto. Solo tuve un instante para darme cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir y en ese segundo le vi abrir la boca ligeramente para respirar.
Y luego atacó.
Caí sobre mi espalda cuando se abalanzó sobre mí y no pude evitar dejar escapar un grito al caer sobre la tierra helada. Me puso una rodilla en el muslo, y sentí su bota en mi espinilla. Sus manos me atraparon por los codos. Su cara estaba inexpresiva e impasible cuando me susurró al oído.
—Exacto. Y tu nido me acoge bien. Esta guerra me ha proporcionado un territorio de caza mucho mayor de lo que podrías imaginarte. Cuando digo que es una pena ser humano, lo digo como una criatura que esconde toda su magnificencia para hacerse pasar por uno.
Hasta el día de hoy sigo pensando que fue un milagro que pudiera contestarle.
—¿Por qué? ¿Por qué esconderse?
Arrugó la cara y me miró con un deseo descarado. Su mano me soltó el brazo y se apoyó en mi cuello, luego me acarició la mejilla y después la dejó sobre mi corazón. Sin duda, aquella cosa podía sentir el ritmo desenfrenado, incluso con la capa de lana roja bajo su palma. Sin hacer más ruido, el fetch se dejó caer por completo sobre mí. Su mano se cerró en un puño sobre mi corazón, mientras entrelazaba la otra en mi pelo. Descansó la cabeza contra mi cuello.
—Porque sois calientes —dijo contra mi piel—. Porque no sois solitarios.
¿Cómo podía haber asumido que me conocería? ¿Que sabría todo lo que intentaba esconder? Negué con la cabeza y lo rodeé con mis brazos.
—Pero sí que lo soy —dije, porque era verdad—. Soy bastante solitario.
—Te dejaron caer del nido —murmuró.
—Algo así. —Se me escapó una risa histérica. No me sentía capaz de quitármelo de encima, y parecía que él no quería marcharse, así que permanecimos entrelazados en el suelo del bosque. El fuego ya estaba casi apagado cuando se agitó como un sabueso. Sin hacer ruido alguno, se puso de pie y se agachó para agarrarme y ponerme de pie con una fuerza sorprendente. La luz de la hoguera no se reflejó en sus ojos.
Se inclinó hacia delante y me dio un beso en la mejilla.
Después, pasó junto a mí y volvió a desaparecer en las sombras del bosque.
Y lo que más me atormentó fue que, por un instante, deseé desesperadamente desaparecer con él.
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