Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
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World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Mención honorífica para jóvenes 2026
Vivo en Dubái, una ciudad que nunca se detiene, y yo tampoco. Me encanta debatir, pintar cuando necesito respirar y encontrar claridad en algún punto intermedio entre una cancha de netball y una página en blanco. Sin embargo, siempre vuelvo a mi cuaderno, y mi amor por la historia se refleja a menudo en lo que escribo. Es el lugar tranquilo donde puedo darle sentido a las cosas. Me enseñó que hay poder en poner tu voz en el papel, incluso cuando tiembla.
«Cenizas entre nosotros» transcurre en Berlín, en 1945, durante la caída de la Alemania nazi. Justo antes de la era del Muro de Berlín, mientras el Ejército Rojo avanzaba y el Estado nazi reclutaba a muchachos de 16 y 17 años, las familias vivían aterrorizadas tanto por las bombas desde arriba como por los golpes a la puerta de los oficiales de reclutamiento o informantes. Quise explorar cómo las familias comunes ―no los soldados, ni los líderes― soportaban el peso de la guerra y la división.
Cenizas entre nosotros
Mamá siempre solía decir que el dolor no siempre llega con un fuerte golpe en la puerta. A veces entra sin hacer ruido, reorganiza los muebles y te enseña a sentarte con él.
Lo que ella no sabía es que el dolor puede hacer ambas cosas.
El humo llenaba el aire como de costumbre, áspero y acre, pegándose a mi garganta. Oí el latido del corazón de Berlín, rompiéndose, la artillería golpeando día y noche, las calles desparramadas, los tranvías retorcidos y las sombras de la gente moviéndose como fantasmas a través de la bruma. La vida era mala, pero Hans y yo intentábamos que funcionara: intercambiábamos galletas medio rancias, nos reíamos de historias tontas mientras cuchicheábamos bajo las mantas, fingiendo que las bombas de fuera no eran más que una tormenta de verano. Él era mi ancla, mi prueba de que alguna parte de la vida aún podía ser nuestra. Pero aquel día todo cambió.
Los golpes empezaron como truenos contra la puerta. Puños, botas, culatas de rifle. Cada golpe sacudía las paredes y hacía vibrar las tazas de la estantería.
—Aufmachen!
—¡Abran!
El rostro de mamá se puso pálido. Agarró a Hans por los hombros y le susurró que se escondiera en el dormitorio.
La puerta estalló antes de que ella pudiera siquiera abrirla. Dos soldados irrumpieron en nuestra sala con sus botas golpeando las tablas y sus rifles en alto. Uno de ellos gritó, escupiendo:
—¿Dónde está el chico? Sabemos que está aquí.
—No-no sé a qué te refieres —balbuceó mamá—. Mi hijo no está en casa.
Sus palabras se ahogaron por el estruendo de los muebles volcados, los cajones arrancados de sus marcos; y los armarios abiertos de par en par. Entonces uno de ellos abrió de golpe la puerta del dormitorio. Hans.
—¡Aquí está! —rugió el soldado, jalándolo hacia la luz. Hans forcejeó, pero el puño del hombre se estrelló contra su estómago y lo dobló por la mitad.
—Mañana. Oficina de reclutamiento. Si no va, toda la familia lo pagará.
Hans tenía apenas diecisiete años.
Después de eso, quedamos solo mamá y yo durante semanas. Se sentaba en la mesita y se pintaba las mejillas con rubor como si las apariencias pudieran evitar que la guerra nos tocara.
—Siéntate derecha, María —susurró, con una mirada afilada—. Debemos estar tranquilas y presentables. Obedecí, con dolor de espalda, manteniendo la postura de una niña que todavía creía que alguien vendría a salvarla.
La primera vez que Hans llegó a casa estuve a punto de correr a abrazarle, pero la forma en que se quedó en la puerta me detuvo. Sus ojos no se suavizaron, apenas habló y cuando lo hizo, su voz fue baja y deliberada, como si cada palabra tuviera que atravesar capas de agotamiento antes de llegar a mí. Ya no se reía de mis chistes torpes, tampoco compartíamos galletas rancias y finalmente dejó de sonreír.
La segunda vez que vino, su uniforme olía a humo y a algo amargo, metálico. Su manga estaba rasgada y estiré la mano para tocarlo, pero se apartó, casi estremeciéndose. Ese fue el instante en que Hans dejó de ser mi hermano; frente a mí solo quedaba un extraño con su rostro.
Después de eso no volvió a visitarnos durante semanas, quizá meses. Me había acostumbrado al espacio vacío que dejaba atrás, a la forma en que su ausencia reorganizaba el aire de nuestro apartamento. Pero hoy decidió visitarnos; esta vez, entró por la puerta con una tensión en la mandíbula que reconocí de antes de la guerra, el tipo de determinación que significaba que algo iba a suceder, nos gustara o no.
—Habrá un tren... dentro de dos noches —susurró—. Para unos cuantos civiles. Si vamos en él, estaremos tras las líneas estadounidenses antes de que los soviéticos lleguen a la ciudad.
Mamá vaciló, pero la voz de Hans era firme, urgente.
—Tengo un amigo que trabaja en la estación que me debe un favor. Tengo asientos para todos nosotros. —Lentamente, mamá asintió.
La noche cayó negra y amarga. Avanzamos por calles llenas de escombros, en silencio salvo por nuestra propia respiración. Cada sombra parecía convertirse en un soldado; cada titileo de movimiento, en una potencial amenaza. Los aliados habían declarado que Berlín sería su trofeo, y los soviéticos no dejaban de afianzar su dominio. Los refugiados llegaron en masa a la estación y nadie sabía qué trenes lograrían pasar los puestos de control. Pero seguimos a Hans, porque no había nada más que seguir.
Dentro de la estación, el aire estaba cargado de hollín y pánico. Los soldados gritaban órdenes, empujaban a hombres que parecían lo suficientemente jóvenes para luchar e inspeccionaban papeles con sospecha. El abrigo del uniforme de Hans todavía le daba una especie de protección, aunque sus ojos delataban el peso que llevaba.
Entonces sucedió.
Un soldado cerca de la plataforma se puso rígido y su mirada se posó en Hans. El reconocimiento le atravesó el rostro; nunca llegaré a saber si fue por el Volkssturm o por una lista de desertores.
—¡Oye, tú, detente!
Por un instante, toda la estación pareció contener la respiración. Entonces Hans susurró: —¡Corran!
Nos lanzamos hacia delante. Mi mano se aferró a su manga mientras mamá tropezaba a nuestro lado. Se oyeron gritos. Los silbatos chillaron. Las botas golpeaban contra la piedra mientras los soldados nos perseguían. Empujamos cajas, tropezamos con bolsas, chocamos con desconocidos cuyos insultos se ahogaban en el caos. Me ardían las piernas, al igual que mi pecho, pero seguimos corriendo. Más adelante, el tren chirriaba y sus puertas se cerraban con estrépito. Los refugiados trepaban por los escalones con los brazos extendidos, desesperados por subir. Nos lanzamos hacia delante, primero mamá, luego yo, con los dedos aferrados a la fría barandilla de hierro. Por un momento, estuvimos juntos, casi libres.
Pero Hans no subió.
Una mano le agarró el hombro como si fuera de hierro. En cambio, me miró a mí, con la respiración entrecortada y los ojos repentinamente claros. —Váyanse —dijo en voz baja, como si fuéramos niños otra vez, escondiéndonos de los regaños de mamá en la escalera.
—¡NO! —grité, extendiéndome, arañando, sollozando. —¡Hans, por favor, ven!
Pero sólo sonrió con alivio. —Sabía que no lo lograría —susurró.
El soldado tiró de él hacia atrás. Me abalancé, pero mi madre me sujetó y me arrastró hacia adentro mientras el tren se sacudía. Mis gritos atravesaron el aire, el humo, las paredes de hierro de aquella maldita estación, hasta que me quedó la garganta en carne viva y el cuerpo vacío.
Lo último que vi fue a mi Hans, reclamado por Berlín para siempre.
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