Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Primer Premio Juvenil 2026
Anaya Jain
Vivo en los Estados Unidos y soy una estudiante de 11.º grado, el penúltimo año de bachillerato. Me gusta leer, escribir y aprender cosas de historia, psicología y criminología. En mi tiempo libre, toco la kalimba y el piano. Me fascina el poder que tienen las palabras, la música y el arte para contar historias, inspirar el cambio y ayudarnos a comprender el mundo y a las personas que nos rodean.
La hija del vendedor de tinta está ambientada en la India británica de la década de 1930, en un pueblecito de habla tamil. Durante esta época, mucha población india autóctona se opuso al dominio colonial elaborando y distribuyendo en secreto hojas de protesta, como periódicos clandestinos y pasquines. La gente solía escribir con plumas estilográficas y, siguiendo el ejemplo de Mahatma Gandhi, les compraba la tinta a los artesanos locales, en señal de protesta contra las importaciones británicas.
La hija del vendedor de tinta
Mi padre vendía voces en frascos.
Botecitos de cristal llenos de tinta que, alineados como críos bajo una higuera de Bengala, aguardaban a que los descorchasen. Decía que la tinta se parecía a la memoria porque, una vez abierta, ya no se podía borrar. Él me enseñó a prepararla. Yo, todas las mañanas antes del amanecer, tomaba el mortero de piedra y machacaba en él hollín, goma y agua de lluvia hasta conseguir una mezcla negra y sin grumos.
—Sin prisas —me decía mi padre con voz lenta y firme—. Si la piedra no se ablanda, no deja huella.
Nunca me dejó ir a la escuela. No porque no nos lo pudiésemos permitir (mi hermano sí que iba), sino porque la India, según él, les cortaba las alas a las niñas.
—Aquí aprenderás más, beta —me dijo una vez, señalando con la cabeza las hileras de frascos de tinta.
No discutí.
Con ocho años, aprendí a que no me temblase el pulso y a calcar sus letras hasta que parecía que las había trazado él mismo. Con diez, aprendí qué era el silencio (ese que guarda los secretos mejor que los cerrojos). Con trece, conocía la carga de tinta lo suficientemente bien como para distinguir cuándo estaba demasiado floja para aguantar en el papel o demasiado espesa para moverse con fluidez. A esas alturas, ya comprendía que el oficio de mi padre no tenía tanto que ver con los frascos como con las palabras que introducía en ellos.
A eso de los quince, aquellas palabras empezaron a cambiar.
El primer hombre llegó al alba. No pidió plumas ni libros de contabilidad. Se limitó a deslizar en la mesa del taller un papelito doblado junto con una moneda. Mi padre lo leyó y, sin decir nada, abrió un frasco recién embotellado. Mojó su pluma estilográfica una vez y escribió tres líneas por detrás. Solo acerté a ver lo que ponía en una: «viduthalai». Libertad.
Otros vinieron después.
Pero nunca juntos (y nunca durante mucho tiempo).
Me decía que eran o poetas o profesores u hombres que se habían olvidado de escribir. Pero, una mañana, se escurrió un pasquín de debajo de un libro de contabilidad. El viento lo atrapó y lo depositó bien abierto en el suelo. Al agacharme a por él, reconocí la apretada caligrafía de mi padre. Lo leí dos veces:
«Este país no les pertenece.
»Nuestras palabras retumban más que las pistolas.
»No tenemos miedo».
Las letras eran inconfundibles. El pincel de mi padre nunca titubeaba.
Doblé el pasquín con cuidado y, con disimulo, lo devolví a su sitio; pero mis manos no dejarían de temblar. Siempre había creído que sus manos estaban negras de tinta. Pero, cuanto más aprendía, mejor lograba entender que las manchas oscuras no eran solo tinta (era miedo, impreso en las grietas de sus nudillos como un moratón).
Los soldados llegaron justo después de la estación del monzón. Dos oficiales vestidos de caqui, con unas botas recias cubiertas de barro rojo. Uno alzó un frasco, lo destapó y lo olisqueó. Otro hojeó las libretas. Luego, uno me miró.
—¿Haces tú la tinta? —me preguntó.
Afirmé con la cabeza.
Se llevaron a mi padre. Él no forcejeó ni gritó; se limitó a posar su pincel sobre la estera, como dando a entender que volvería más tarde.
Yo observaba, incapaz de hablar.
Aquel atardecer, la higuera no dio sombra.
Cuando llegó mi hermano, desmontó el letrero de la tienda. Me culpó por haberles permitido llevarse a padre; luego, por haberme quedado paralizada mientras lo hacían.
—Es muy peligroso, Mallika —me chilló—. ¡Tenemos que irnos!
Pero no me moví del sitio.
Encendí el farol y me senté en la estera. El mortero de piedra aún conservaba el calor del trabajo de la mañana.
El primer muchacho en llegar no me miró. Deslizó una moneda bajo la estera y dejó una hoja, arrancada de un cuaderno de la escuela. La desdoblé (la página estaba en blanco), pero, por detrás, ponía en letras torcidas:
«Lo hemos perdido. ¿Paramos?».
La tinta estaba seca. Preparé más, esta vez más despacio, dejando que el hollín me manchase las palmas de las manos. Luego, mojé el pincel (su pincel) y escribí:
«La tinta sigue pintando aunque hayamos perdido la mano. No hemos terminado».
Continuaron viniendo, de uno en uno. Algunos llevaban el uniforme de la escuela. Uno iba descalzo. Otro lloraba. Traían trozos de papel, hojas arrancadas de libros de contabilidad, cartas arrugadas… Yo copiaba las palabras, las ocultaba y se las devolvía. A veces, no abría la boca: solo dejaba que me viesen mezclar la tinta (despacio y a conciencia) como mi padre me había enseñado. Se marchaban portando más que un papel. Portaban la prueba de que las palabras no habían desaparecido con él.
Los soldados regresaron dos semanas después.
Esta vez, estaba preparada.
Le dieron la vuelta a la estera, desparramaron los tarros de tinta y volcaron el mortero de una patada. El mayor agarró un pasquín y me lo plantó delante.
—¿Quién está escribiendo esto ahora? —ladró.
Miré el pasquín. La tinta se había corrido un poco por el exceso de goma. Las letras no describían bien las curvas en las esquinas (como las mías, no como las de él).
—Yo solo vendo plumas —le contesté.
—¡Como descubramos a la persona responsable de estos escritos sediciosos, la matarán por traición a la Corona!
—Yo solo vendo plumas —le contesté.
El oficial más joven negó enérgicamente con la cabeza y, dirigiéndose a su compañero, dijo:
—Un crío empobrecido no puede andar detrás de esto, cuanto menos una niña. Ella no tiene formación ni estatus. Perdemos el tiempo con gente así.
Se marcharon; esperé hasta que se perdió el sonido de sus botas.
Entonces, reuní los fragmentos del mortero, que se había roto en pedazos; lo recompuse; y empecé a mezclar la tinta otra vez.
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