Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Mención honorífica para jóvenes 2026
Me llamo Teniola Balogun y vivo en Lagos, Nigeria. Me gusta mucho leer y bailar. También soy superfán de la música afrobeats. Me encanta pasar el rato con la familia y los amigos.
Ọmọ ayé méjì (Vástago de dos mundos) se inspira en la colonización británica de Nigeria.
Ọmọ ayé méjì (Vástago de dos mundos)
Eni tí ó dákẹ́, o ti gbà. Dicen que el que calla otorga. Pero a ella el miedo le agarrotaba la lengua.
Era 1943, en Lagos, Nigeria. La laguna olía a queroseno y a sal; sus aguas se agitaban con el zumbido de las lanchas cañoneras británicas diseminadas a lo largo del barrio conocido como «la Marina». Los edificios encalados enarbolaban banderas del Reino Unido y sus propietarios, los soldados británicos, vigilaban las calles con celo y violencia.
Hoy estaban sedientos de sangre. La tía Hafiyat, la vendedora de maníes, siseó cuando un soldado intentó agarrar una bolsa de cacahuetes que ella había colocado con mucho esmero en la bandeja que portaba sobre la cabeza. Él la arrastró hacia atrás por el hijab y la golpeó hasta dejarla semiinconsciente.
—O ti to, E jor! —chillaban los viandantes mientras el soldado no paraba de darle patadas.
La tía Hafiyat se quedó tirada en el suelo, con su precioso burka empapado en fango.
Yo tenía doce años cuando contemplé esta escena volviendo de la escuela. Me refugié detrás del honorable málam que vendía pan. Nos encogíamos de dolor cada vez que la tía recibía una patada.
«Eni tí ó dákẹ́, o ti gbà. El que calla otorga», se me vino a la cabeza en el tono de advertencia de mi abuela yoruba Iya Agba. Pero el miedo me agarrotaba la lengua.
Ojalá hubiese podido correr a ayudarla, chillar, pegarles a los soldados, hacer lo que fuera…; algo con tal de detener esta escena horrenda. Volví a casa a toda prisa, asustada por la posibilidad de convertirme en la siguiente víctima solo con que me atisbasen los soldados.
Mirad, Lagos no fue siempre así. No siempre nos movimos con miedo por las calles ni nos escondíamos en una esquina en cuanto atisbábamos unos pantalones cortos color caqui.
Éramos libres. Por las noches, bailábamos como locos al son de los ritmos interminables del tambor parlante y del chequeré levantando nubes de polvo con los pies. Comíamos maíz tostado y cacahuetes al borde de la calzada mientras nos reíamos a la luz de las farolas de gas.
Pero los británicos nos lo arrebataron todo.
Nos quitaron nuestra tierra y la marcaron con unas fronteras que no habíamos trazado nosotros. Reescribieron nuestras historias en unos libros de texto que no sabíamos leer. Construyeron iglesias donde antes había santuarios y a eso lo llamaron «salvación». Hicieron suyo con tinta y arrogancia lo que antes era nuestro por derecho natural.
Aquel día no pretendía pasar por la calle Balogun.
Iya Agba me había mandado a comprar judías.
—Kò le rara —me gritó cuando estaba saliendo por la puerta—. Que no estén duras.
Iya siempre había sido muy puntillosa con los ingredientes que utilizaba para cocinar.
—Ẹyọ̀ ńlá tó gbóná —solía advertirme, ya que los pimientos más rabiosos son los mejores para preparar esos akaras fritos picantes que te hacen la boca agua.
La comida siempre nos había unido. Por las noches, solíamos sentarnos en unos taburetes en la cocina; con las llamas azulamarillentas de la bombona de gas de la veranda iluminando la cara de Iya Agba, hablábamos de los tiempos de antes de la colonización y de cómo podrían ser los tiempos de después.
Iba ensimismada en la dulzura de estos viejos recuerdos, reproduciendo la voz de Iya Agba en la cabeza, cuando me di cuenta demasiado tarde de que había girado por donde no era.
El firme tenía grietas, lo que hizo que entrase en la calle Balogun trastabillando. El ambiente estaba impregnado del olor característico de los buñuelos pufpuf dulces al freírse. Unos pequeños correteaban entre los tenderetes de sus madres con la alegría reflejada en sus sonrisas traviesas. Me detuve, apoyé el hombro en un tenderete que tenía cerca y sonreí. Pese al declive de las infraestructuras, el mercado de Balogun era muy bonito.
Fue entonces cuando lo vi.
Estaba reclinado contra una pared agrietada con los brazos cruzados, observando el mundo con un aire de diversión contenida. Llevaba la camisa descolorida, pero limpia, y sus ojos (aquellos ojos) tenían algo que yo no sabía definir aún. Ni encanto ni pillería. Era algo más consistente. Algo que me hizo olvidar por un instante que me había perdido.
Se dio cuenta de que había reparado en él. Y sonrió.
Esa sonrisa fue el principio de todo.
Por supuesto, yo no sabía que nos llevaría a pasear y compartir pufpufs los domingos o a contarnos historias de la infancia bajo el mango de detrás de la tienda de mamá Titi. Me resulta extraño (ahora casi ridículo) lo fácil que bajé la guardia.
Porque él era un soldado.
Y no un soldado cualquiera. Llevaba el mismo uniforme que los hombres que arrastraban a nuestras madres tirando de sus pareos y que golpeaban a nuestros padres por hablar demasiado alto. Él pertenecía a esos que habían tomado nuestra Lagos, la habían sembrado de banderas y nos habían dicho que ahora era suya.
Debería haberlo odiado, pero el amor no pide permiso.
Henry. Así se llamaba. Alto, ancho de espaldas y blanco. El tipo de hombre que caminaba como si poseyese la tierra que pisaba. Su tacto era firme y su voz grave; yo confundí la emoción del peligro con el deseo.
—Teni, nibo lo n lọ ní gbogbo Sunday yi? —me interrogaba Iya—. ¿Adónde vas todos los domingos?
Yo le mentía. Le decía que a por escamas de jabón al mercado o a ver a Adanna.
Le mentí hasta que la verdad creció en mi interior y me dio patadas.
Iya Agba lo supo antes de que yo abriese la boca.
Llevaba semanas observándome: cómo me movía más despacio, cómo los pareos ya no me servían, cómo evitaba su mirada como si quemase…
Aquella mañana no me gritó. No me preguntó. Se limitó a pelar judías junto a la ventana en un silencio atronador.
—Ṣé ọmọ ni? —me dijo al fin—. ¿Es un bebé?
Me quedé helada. Las palabras, igual que el humo, dejaron el ambiente cargado. Afirmé con la cabeza.
Ella no lloró. No maldijo. Se limitó a dejar caer el cuenco y a salir de la habitación. Su silencio sonó más fuerte que cualquier bofetón.
Después, aquel mismo día al atardecer, fui a ver a Henry.
Estaba sentado detrás del cuartel fumando, sin las botas y con la camisa abierta. Se lo conté todo: las faltas de menstruación, la prueba, el miedo… Ni se inmutó.
—No es mío —me dijo con la mirada fría y la voz apagada.
Me reí. No porque me hiciese gracia, sino porque había sido cruel.
—¿Te crees que cargaría con la deshonra de un soldado solo por diversión?
Se levantó y me rozó al pasar como quien se sacude la tierra del camino.
Lo observé alejarse y, en ese instante, comprendí una cosa mucho más profunda que la pena que me partía el corazón.
Estaba cultivando una semilla británica en suelo nigeriano.
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