Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Segundo Premio Juvenil 2026
Tanushri es una estudiante de secundaria de Sri Lanka obsesionada con la historia (en especial, con la serie de televisión Horrorible Histories). También le gusta el teatro, la literatura y la música.
Se inspiró para escribir Solo en Rusia se respeta la poesía— tras leer sobre la censura artística de los años 30 en la URSS bajo Stalin y la rebelión frente a tal censura.
Solo en Rusia se respeta la poesía—
El martes, Mandelstam recibió una ovación; el jueves, Mandelstam nunca había existido. Hasta decir simplemente su nombre era como tentar al destino, como caminar por el filo entre la supervivencia y la aniquilación. Y aun así, ahí estaba yo, incapaz de olvidar los apasionados discursos de este hombre ficticio, sus divagaciones poéticas, su terrible risa.
Nunca le seguí seriamente en su camino hacia la locura, pero lo conocía bien. Era profesor, y luego pasó a ser un recuerdo contemporáneo, luego distante, casi olvidado. Había trabajado con él hasta que conseguí un trabajo en la prensa, que es donde empezaron las desavenencias. Mandelstam tenía una manera muy… descarada de hacer las cosas. Despreciaba mi trabajo de aquella época y no lo ocultaba.
—¿Acaso se te ha olvidado todo lo que te enseñé? —gritó un día, no a mí, sino a la pila ordenada de papeles que había en mi mesa—. Tantos papeles, ¡y aun así no dices nada!
—Bueno, los periodistas no pueden escribir lo que quieran–
—Pues entonces no eres escritor, lo que eres es escriba. ¡Nada más que otro de sus portavoces descerebrados! No vas a ser más que un engranaje en la maquinaria.
—… Escribo lo que es… seguro.
La palabra me supo pequeña y quebradiza en la lengua. Sus implicaciones fatales se aferraron a las sílabas no pronunciadas entre nosotros como un nudo al final de una soga.
—¿Seguro? —se mofó—. ¿Acaso no eres tú el que se llevó a escondidas los testimonios de testigos del Holodomor a Moscú, el mismo chaval que escribía poemas sobre las masas oprimidas? Eso no era seguro, era honesto. ¿Dónde quedó aquel chaval?
—Creció —y quiere vivir, pensé. Eso también lo oyó. Me miró a los ojos con una expresión entre decepción y una especie de simpatía comprensiva.
—Pues entonces quémalo —dijo sin más—. Quema todas las hojas y vete a trabajar en los campos, mira si me importa. Ese mundo del que escribes no existe. Y en el que vives, te comerá vivo.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Nada es seguro, chaval. Ni siquiera Perilo se salvó del toro de Fálaris que construyó.
Se dio la vuelta y se marchó. La puerta se cerró tras él con un golpe. Aquella fue la última vez que hablamos.
***
Su desaparición varios años más tarde no me sorprendió. Era la clase de persona que iba sembrando problemas, la clase de persona de la que se deshacían las autoridades, con discreción y rapidez. Aun así, me produjo escalofríos. Normalmente, cuando se llevan a alguien, sus cómplices también suelen desaparecer, no falla. Durante años había cumplido todas las normas impuestas, daba igual lo estrictas que fueran; pero el mero hecho de saber su nombre podría acabar mandándome al gulag, o la tumba.
Era una fría mañana en el edificio Pravda, y había algo que no encajaba. Empecé a trabajar pronto para no tener que hablar con nadie. Estaba editando un artículo para un número regional cuando oí un golpe fuerte. Me estremecí.
—P-pase.
—Buenos días, camarada Smirnov —dijo una voz conocida.
—Ah, eres tú… Quiero decir–
—¿Discúlpame?
—Perdón. Estoy–estoy teniendo migrañas, ¿sabes?
—Ah, que… lástima. ¿Está listo el número de mayo? —preguntó con ese tono suyo tan impersonal.
—Casi está listo. Lo tendrás para mañana.
—Eso espero. Ahora mismo, ya vas tres días tarde.
—Bueno, algunos artículos sobre las estadísticas de colectivización necesitan revisiones–
—¿Revisiones?
—Sí, algunos no están–
—Que sepas que las cifras nos las han proporcionado los oficiales del Gosplan, o sea que no se deben manipular.
—Sí… sí, ya–
—Deja el manuscrito en mi mesa cuando salgas hoy. Lo enviaré a imprimir mañana.
—Por supuesto, Srta. Morozova.
—Y no vayas a cambiar lo que no debes.
Los nervios que había sentido antes no eran nada en comparación a lo que sentí cuando se marchó. Un error más y estoy muerto, me dije. Si Mandelstam estuviera aquí, me diría que soy un cobarde. Había empezado a oír su voz más a menudo desde su desaparición, un fantasma persistente que recorría los rincones de mi mente.
¡Vaya sarta de mentiras! La agricultura no ha mejorado desde la colectivización. Las vidas de los granjeros no han mejorado y lo sabes, lo has visto, diría Mandelstam. Mira a tu alrededor… ¿por qué dejas que otros también se crean las mentiras?
***
Al caer la tarde, mis pasos me llevaron a un centro de ocio de la zona, un local al que solía ir Mandelstam. Hacía tiempo que no iba, pero, cuando entré, vi a un señor mayor que había conocido hacía años.
—¿Igor…?
—¿Nikolai? ¿Eres tú, chaval?
—Sí, sí, soy yo.
—¡Oh, cuánto tiempo! La última vez que te vi estabas con… con… —Mencionar a Mandelstam era un crimen en sí mismo—. Y eras muy bajito, me acuerdo. Y ahora ¡mírate!
—Mandelstam… ¿Sabes qué fue de él?
Su sonrisa se apagó.
—No deberíamos hablar de ello en público, chaval. Pero ¿qué tal estás? ¿Sigues escribiendo poesía?
—Ya no —dije, cortándolo—. Nada relevante. Igor, por favor, ¿puedes decirme qué pasó?
De repente, bajó la voz y me bajó la cabeza.
—Lo de siempre, chaval. No tuvo cuidado. Estaba leyendo su último artículo en frente de una audiencia, el maldito inconsciente. Alguien del público era un oficial del NKVD. Esa misma noche, se lo llevaron los Cuervos.
—Entonces, está–
—Sí, yo estaba allí. Algunos aplaudieron al final, otros no. Creo que ya lo sabía… Y te mencionó a ti.
—¿De verdad?
—Sí, quería que te diera esto.
Me entregó una hoja de papel arrugada. Quemó sus poemas por seguridad. Este era el último. Decía «Solo en Rusia se respeta la poesía,–»
—Porque mata a la gente. —Recordé lo que solía decirme. Lo recordé todo.
***
Me dirigí inmediatamente a la oficina con el papel. Lo metí en la edición de mayo y lo mandé a imprimir sin pensármelo dos veces. Ya está, pensé. No sería más que cuestión de horas.
Did you love this story as much as we did? Why not share it with someone else to show your support for the author! We're @WHEncyclopedia on social media using the hashtag #InkOfAges 📜🪶
We're determined not to charge writers entry fees.
Open to entries in English from anywhere in the world.
A dedicated team of WHE staff, submission readers, judges, and translators.
Stay informed about submission deadlines, winners announcements, writing tips, and general feedback from the judges.
My favourite editing tips. Writing and editing advice benefits from two disclaimers, I think: Do whatever you want as long as it works. And choose to ignore advice that doesn't inspire you, Let's go!