Ink of Ages Fiction Prize
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Historical & Mythological Short Fiction
World History Encyclopedia's international historical and mythological short story contest
Jing Zomok es una estudiante canadiense apasionada por la historia, la narración y el derecho. Su interés por la literatura indígena y por los temas de la memoria y la identidad nació gracias a una profesora de inglés que creía en el poder de las historias. Cuando no escribe, disfruta leyendo ficción histórica, estudiando idiomas y tejiendo.
«Un susurro puede sobrevivir a la piedra» está inspirado en la historia de la Ley India en Canadá y en su impacto sobre las comunidades ojibwe. Quise explorar la memoria cultural, la tradición oral y la resistencia silenciosa que permitió la supervivencia de la cultura indígena. Aunque se trata de una obra de ficción, esta historia se fundamenta en las políticas históricas destinadas a asimilar a los pueblos indígenas de Canadá, incluida la prohibición de prácticas sagradas, ceremonias y la creación de los internados indígenas.
Todo comenzó con los tratados: demasiados, demasiado rápido, una tormenta de documentos que no comprendíamos. Escuchamos y firmamos, convencidos de que ellos también escucharían. Pronto nos dijeron que debíamos enviar lejos a nuestros hijos. Luego llegó el sacerdote. Se presentó en nuestro campamento como un invitado que ya había decidido que era el dueño del lugar. Tenía las manos piadosamente entrelazadas, pero sus ojos eran duros y escrutadores. Con orgullo anunció una nueva ley: la Ley India. La pronunció como si se tratara de las Sagradas Escrituras y, para él, quizá así fuera; pero, para nosotros, fue la declaración de una guerra que ya habíamos perdido.
Mi nombre es Memengwaa, del clan Makwa Doodem. Tenía quince años cuando mi hermano menor, Niigaanii, fue llevado a la escuela de Fort France. Solo tenía ocho años y dormía con un atrapasueños atado a la muñeca con una tira de piel de ciervo. Dejamos de hablar nuestra lengua delante de los extraños, pero creíamos que sería algo temporal.
—No pueden arrancarnos las raíces —me recordó mi padre—. No con palabras.
Pero hasta los árboles caen cuando se les arranca la corteza.
Aquella noche, un alcaudón se posó cerca de nuestra vivienda. Mi abuela susurró, con los ojos fijos en sus alas de un negro intenso:
—Los pájaros nos guían, sin importar el tiempo.
Aquella noche dejamos una ofrenda junto al cedro y dijimos:
—Miigwech.
Gracias.
***
Cuando Niigaanii regresó en verano, sus ojos ya no brillaban y su cabello había sido rapado, junto con todos sus recuerdos. Sus ropas eran rígidas y le quedaban demasiado ajustadas.
—Di tu nombre —le rogué con dulzura—. Tu verdadero nombre.
Bajó la mirada hacia el suelo.
—Peter —murmuró.
—No —respondí—. Ese no es el nombre que recuerdan los espíritus.
Aquella noche encontré su makak, su caja de corteza de abedul. Lo que antes guardaba cuentas para tambores y tallas de animales ahora contenía un catecismo. La coloqué junto a la mía, al lado del caldero de cobre de nuestra abuela y de la bolsa de tabaco que utilizábamos para las ofrendas. Había regresado al lugar al que legítimamente pertenecía, rodeada de amor.
Entonces me incliné hacia adelante, hacia el resplandor del fuego, cuyos crepitares sonaban como una vieja canción, y susurré:
—Niigaanii.
No podían prohibir la respiración.
Al año siguiente, prohibieron nuestras danzas y ceremonias. El sacerdote nos dijo que aquellas eran prácticas paganas.
—Crímenes —sentenció con sencillez, esbozando una sonrisa despreocupada, como si todos estuviéramos de acuerdo.
Pero mi tía, que cuidaba la vivienda, opinaba de otro modo.
—Los espíritus no necesitan ruido para escuchar; lo sagrado puede vivir en el silencio.
Ella me enseñó las antiguas canciones: las enseñanzas del Oso, los Siete Fuegos y la Abuela Luna. Cada noche las susurraba para mí misma hasta que quedaron grabadas bajo mi lengua. Cuando murió aquel invierno, até una bolsita con cedro y hierba dulce a la rama más alta de su arce. El sacerdote no vio nada; hay cosas que no estaban destinadas a sus ojos.
Después, nos despojaron de nuestros líderes. Los agentes indígenas dijeron que solo los hombres aprobados por la Corona podían ser jefes.
—Quieren que extraños nos gobiernen —me advirtió mi padre, sin apartar la mirada de la mía—. Pero la memoria siempre será más fuerte que la ley.
Hicimos lo que debía hacerse. Recordábamos con los pies, recorriendo las sendas de caza trazadas por nuestros abuelos. Recordábamos con las manos, colocando el arroz silvestre en cestas que ya no se nos permitía vender sin permisos. Recordábamos en los sueños, donde los espíritus seguían acudiendo sin pedir permiso.
Una tarde, en lo profundo del bosque, vi a los memegwesiwag —la Gente Pequeña—, diminutas figuras que se escabullían entre los helechos y danzaban alrededor de un viejo arce. Cuando parpadeé, habían desaparecido. Pero a la mañana siguiente, un brote había surgido donde antes había un tocón quemado.
Mi tía solía decir:
—Donde ellos danzan, comienza la sanación.
En la primavera de mis dieciocho años, el sacerdote regresó acompañado de un soldado, ambos con una mirada triunfante. Alguien había denunciado una reunión. Preguntaron por la casa ceremonial del Midewiwin y nos acusaron de practicar ritos paganos.
—Aquí no hay ninguna casa ceremonial —respondí sosteniéndoles la mirada.
Pero registraron el lugar de todos modos. Abrieron nuestros fardos medicinales con palos, volcaron las canoas y destrozaron los fogones. Encontraron los rollos de corteza de abedul que contenían cantos y enseñanzas.
—Salvajes —gruñó el soldado.
—Pruebas —dijo el sacerdote.
—Sagrados —susurré.
El soldado encendió una hoguera y arrojaron los rollos a las llamas; la ira respiraba a través del fuego, elevándose en ráfagas agrias y violentas. Aparté la mirada del humo, pero no antes de ver a Niigaanii. Él se lo había contado.
Lo encontré aquella noche, junto al lago, con las rodillas recogidas contra el pecho.
—No quise hacerlo —dijo entre sollozos—. Dijeron que los espíritus eran demonios. Dijeron que tú arderías.
—No tienes por qué creer sus historias —le dije—. Puedes recordar las nuestras.
—No puedo —susurró—. He olvidado demasiado.
—Entonces escucha…
Comencé a cantar la canción de cuna que nuestra abuela solía tararear mientras trenzaba hierba dulce. Hablaba de la Mujer del Cielo que descendió, de la tortuga que ofreció su lomo y del fuego que recordaba.
—Lo siento —susurró.
—Yo también —confesé—. Pero aún no estamos perdidos.
Ese verano hicimos un nuevo rollo. No de abedul. Los abedules cerca del campamento aún no se habían recuperado de la quema. En su lugar, arranqué la corteza de un arce caído. Niigaanii grabó en ella con el punzón de hueso de nuestro abuelo: un oso, una vivienda ceremonial, una llama y una niña plantando una semilla. Debajo, raspó nuestros nombres, los que los espíritus aún reconocerían. Lo sellamos con resina de pino y lo enterramos bajo el viejo pino blanco, donde nuestra abuela solía cantar.
***
Ahora soy mayor, y mi cabello es más claro. Me siento junto al fuego, tejiendo cestas que ya nadie regula. Mis hijas danzan con faldas de cintas mientras mis nietos ríen en ojibwe sin temor.
Una noche, se reúnen a mi alrededor y me preguntan por qué enterré la corteza en lugar de quemarla, por qué sigo conservando el makak de Niigaanii junto al fuego y por qué canto cuando estoy sola.
Les respondo:
—Porque cuando alguien intenta borrarte, vuelves a grabarte a ti mismo. Y, aun cuando las voces retumban como el trueno, un susurro puede sobrevivir a la piedra.
Escuchan en silencio, con los ojos muy abiertos. Luego repiten en eco:
—Miigwech.
*
Makwa Doodem – Clan del Oso en ojibwe; uno de los clanes familiares, con sus propias enseñanzas y responsabilidades.
Midewiwin – La Gran Sociedad de Medicina ojibwe, centrada en una casa ceremonial sagrada donde se comparten ceremonias de sanación espiritual y enseñanzas dentro de la comunidad.
Miigwech – Gracias.
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